miércoles, 11 de septiembre de 2019

El trigo, la cizaña, mis hijos y la parábola de un padre muy paciente


Soy un firme convencido de que la experiencia de familia es una realidad que parte la historia personal en dos. Los distintos rostros del amor que en ella se hacen concretos tienen el poder de marcar un antes y un después para quien honestamente abra su corazón dentro de su casa. Esto lo percibo a todo nivel, pero especialmente en mi vida espiritual. La vida de familia es un nuevo motor, un impulso renovado que ahora tengo en el corazón. Es como una segunda juventud para quien recuerde ese ímpetu tan fértil de la adolescencia y que va aquietándose con los años. Y cuando hablo de mi vida espiritual no puedo dejar de lado la importancia que para mí tienen las sagradas escrituras. Los tonos del amor familiar que son hermosos y diversos, hondos, decididamente sólidos, inconfundibles, altos y bemoles, todos, han marcado un ritmo nuevo en mi aproximación a la Palabra de Dios. Son nuevas claves de aproximación a un misterio conocido. Como si, por fin, al vino nuevo le estuviesen correspondiendo odres nuevos.

La paternidad es uno de estos rostros. Se dice rápido pero se aprende lento. En mis hijos he visto aparecer sus primeros dientes, sus primeras palabras, sus primeros razonamientos. Creo que un hombre no conoce el orgullo verdadero, el que hizo Dios para nosotros, sino hasta que es padre y aprende a valorar, por primera vez me atrevería a decir yo, lo bueno que hace Dios en sus criaturas. Pero así como voy viendo aparecer y desarrollar sus cualidades, que me alegran la vida, también voy conociendo sus limitaciones.

Nunca me gustó hablar de defectos cuando empecé a dar razón de mí mismo. Defectuoso es un producto fabricado en serie con algún error en su diseño. Los seres humanos no somos eso. En mí siempre me resulto coherente pensar en disposiciones y límites. Me refiero a la coherencia porque soy creyente y creo que Dios, que es amor y lo puede todo, no nos crea defectuosos. Sí pone en nosotros disposiciones interiores que, aunque han sido pensadas para el bien, en el libre ejercicio de nuestra libertad pueden dirigirse al mal. Me gusta referirme al mal filosófico, pero para efectos prácticos entenderemos como mal todo aquello que nos aleja del amor y la libertad para los que hemos sido creados. Disposiciones interiores y también límites. Límites como el que Dios puso a las aguas cuando las separo de las tierras. Límites como los que he percibido en mi cuando he intentado ser todo lo que quiero ser. Límites como todos los que he tenido que aceptar cuando las cosas escapan de mis manos.

Quien juzgue que los seres humanos venimos al mundo como páginas en blanco que van siendo escritas por el lápiz cultural solamente no tiene hijos o no ha dedicado tiempo en conocerlos. Si bien la cultura es un factor influyente en la formación del carácter es imposible para los padres no reconocer algunas de sus propias disposiciones interiores en sus pequeños. Y no pocas. Para bien y para mal.

Esta es la razón por la que escribo esto. Porque compartiendo con mis hijos he reconocido en uno de ellos una disposición que conozco bien. No voy a entrar en detalles pero es una limitación con la que he lidiado toda mi vida. Y en mi ha quedado, tan espontáneo como el orgullo del que hablaba, la preocupación de papá. Esa preocupación que los padres tenemos cuando pensamos que algún mal puede cernirse sobre los que queremos y nos hace, casi compulsivamente, revisar dos y tres veces que las puertas de la casa estén bien cerradas antes de dormir. Esa preocupación que se vuelve cariño a la última petición del Padre Nuestro para que seamos librados de todo mal.

Lo he pensado varias veces ya, como me es natural. ¿Qué hacer? ¿Cómo ayudarlo? ¿Será de presionar? ¿Será de dejar ser? Y como todo en mi vida he encontrado mucha luz en las sagradas escrituras. En la parábola del trigo y la cizaña, en esta ocasión.


Y esta nueva luz me permite comprender cosas que siempre han estado ahí, solo que dormidas. O tal vez el dormido he sido yo. No se trata de un tratado pedagógico, pero si me permite comprender qué tipo de Padre ha sido Dios conmigo.

La cizaña nos preocupa. Nos asusta. En nuestro perfeccionismo lo más sensato sería arrancarla. Pero la mirada de Dios sobre nosotros no es plana. El alcanza a valorar que en la disposición interior que se nos antoja cizaña existe mucho de bien que nosotros, peones torpes, no alcanzamos a comprender. Toda fuerza interior en nosotros tiende al bien, pero por la realidad antropológica/existencial del pecado se distorsiona. Entonces detrás, o más bien en el origen, de cada una de nuestras disposiciones interiores se encuentra siempre una “buena semilla”.

Tal vez esta parábola solo tiene este nuevo sentido para mí. Tal vez al ir cavilando sobre mis hijos he atado un par de cosas de más. Tal vez en diferentes situaciones otro tipo de “estrategia” parental sea mucho más adecuada. Pero en la figura paciente del hombre dueño del campo he descubierto el tipo de padre que quiero ser para ellos: el mismo Padre paciente que Dios ha sido para mí. Dios ha permitido en mí trigo y cizaña porque me ha visto hasta el fondo, me ha contado, medido y pesado, y ha visto que soy suficiente para Él. Este es un mensaje poderosísimo de gratuidad que quisiera sellar en sus corazones porque es una de las experiencias más profundas de mi vida.

No quiero ser malentendido. Es natural empujar nuestras limitaciones para crecer, es natural educar nuestras disposiciones interiores para ser mejores. La tradición cristiana es abundante en este apartado. Solo me ha sorprendido la sensatez del dueño del campo que reconociendo la bondad de su semilla es capaz de mirar un poco más allá que los peones y comprender el alcance de lo que permite en su campo.

Antes de “arrancar” cualquier tipo de “cizaña” en ellos quisiera ser lo suficientemente sensato para arrodillarme frente al dueño del campo y preguntar: ¿Quieres que vaya a arrancarla?

Él, en su infinita sabiduría, nos responderá siempre qué hacer. Que esta parábola diga a cada quien lo que tenga que decirle.


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