Soy un firme convencido de que la
experiencia de familia es una realidad que parte la historia personal en dos. Los
distintos rostros del amor que en ella se hacen concretos tienen el poder de
marcar un antes y un después para quien honestamente abra su corazón dentro de
su casa. Esto lo percibo a todo nivel, pero especialmente en mi vida espiritual.
La vida de familia es un nuevo motor, un impulso renovado que ahora tengo en el
corazón. Es como una segunda juventud para quien recuerde ese ímpetu tan fértil
de la adolescencia y que va aquietándose con los años. Y cuando hablo de mi
vida espiritual no puedo dejar de lado la importancia que para mí tienen las
sagradas escrituras. Los tonos del amor familiar que son hermosos y diversos, hondos,
decididamente sólidos, inconfundibles, altos y bemoles, todos, han marcado un
ritmo nuevo en mi aproximación a la Palabra de Dios. Son nuevas claves de
aproximación a un misterio conocido. Como si, por fin, al vino nuevo le
estuviesen correspondiendo odres nuevos.
La paternidad es uno de estos rostros.
Se dice rápido pero se aprende lento. En mis hijos he visto aparecer sus
primeros dientes, sus primeras palabras, sus primeros razonamientos. Creo que
un hombre no conoce el orgullo verdadero, el que hizo Dios para nosotros, sino
hasta que es padre y aprende a valorar, por primera vez me atrevería a decir yo,
lo bueno que hace Dios en sus criaturas. Pero así como voy viendo aparecer y
desarrollar sus cualidades, que me alegran la vida, también voy conociendo sus limitaciones.
Nunca me gustó hablar de defectos
cuando empecé a dar razón de mí mismo. Defectuoso es un producto fabricado en
serie con algún error en su diseño. Los seres humanos no somos eso. En mí
siempre me resulto coherente pensar en disposiciones y límites. Me refiero a la
coherencia porque soy creyente y creo que Dios, que es amor y lo puede todo, no
nos crea defectuosos. Sí pone en nosotros disposiciones interiores que, aunque
han sido pensadas para el bien, en el libre ejercicio de nuestra
libertad pueden dirigirse al mal. Me gusta referirme al mal filosófico,
pero para efectos prácticos entenderemos como mal todo aquello que nos aleja
del amor y la libertad para los que hemos sido creados. Disposiciones
interiores y también límites. Límites como el que Dios puso a las aguas cuando
las separo de las tierras. Límites como los que he percibido en mi cuando he
intentado ser todo lo que quiero ser. Límites como todos los que he tenido que
aceptar cuando las cosas escapan de mis manos.
Quien juzgue que los seres
humanos venimos al mundo como páginas en blanco que van siendo escritas por el
lápiz cultural solamente no tiene hijos o no ha dedicado tiempo en conocerlos. Si
bien la cultura es un factor influyente en la formación del carácter es imposible
para los padres no reconocer algunas de sus propias disposiciones interiores en
sus pequeños. Y no pocas. Para bien y para mal.
Esta es la razón por la que
escribo esto. Porque compartiendo con mis hijos he reconocido en uno de ellos
una disposición que conozco bien. No voy a entrar en detalles pero es una limitación
con la que he lidiado toda mi vida. Y en mi ha quedado, tan espontáneo como el
orgullo del que hablaba, la preocupación de papá. Esa preocupación que los
padres tenemos cuando pensamos que algún mal puede cernirse sobre los que queremos
y nos hace, casi compulsivamente, revisar dos y tres veces que las puertas de
la casa estén bien cerradas antes de dormir. Esa preocupación que se vuelve
cariño a la última petición del Padre Nuestro para que seamos librados de todo
mal.
Lo he pensado varias veces ya,
como me es natural. ¿Qué hacer? ¿Cómo ayudarlo? ¿Será de presionar? ¿Será de
dejar ser? Y como todo en mi vida he encontrado mucha luz en las sagradas
escrituras. En la parábola del trigo y la cizaña, en esta ocasión.
«El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla
en su campo; pero
mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se
fue. Cuando
creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver
entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla
en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”. Él les respondió: “Esto lo ha hecho
algún enemigo”. Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. “No, les dijo el dueño,
porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el
trigo. Dejen que
crezcan juntos hasta la cosecha”».
Y esta nueva luz me permite
comprender cosas que siempre han estado ahí, solo que dormidas. O tal vez el
dormido he sido yo. No se trata de un tratado pedagógico, pero si me permite comprender
qué tipo de Padre ha sido Dios conmigo.
La cizaña nos preocupa. Nos
asusta. En nuestro perfeccionismo lo más sensato sería arrancarla. Pero la
mirada de Dios sobre nosotros no es plana. El alcanza a valorar que en la
disposición interior que se nos antoja cizaña existe mucho de bien que nosotros,
peones torpes, no alcanzamos a comprender. Toda fuerza interior en nosotros
tiende al bien, pero por la realidad antropológica/existencial del pecado se
distorsiona. Entonces detrás, o más bien en el origen, de cada una de nuestras
disposiciones interiores se encuentra siempre una “buena semilla”.
Tal vez esta parábola solo tiene
este nuevo sentido para mí. Tal vez al ir cavilando sobre mis hijos he atado un
par de cosas de más. Tal vez en diferentes situaciones otro tipo de “estrategia”
parental sea mucho más adecuada. Pero en la figura paciente del hombre dueño
del campo he descubierto el tipo de padre que quiero ser para ellos: el mismo
Padre paciente que Dios ha sido para mí. Dios ha permitido en mí trigo y cizaña
porque me ha visto hasta el fondo, me ha contado, medido y pesado, y ha visto que
soy suficiente para Él. Este es un mensaje poderosísimo de gratuidad que quisiera
sellar en sus corazones porque es una de las experiencias más profundas de mi
vida.
No quiero ser malentendido. Es
natural empujar nuestras limitaciones para crecer, es natural educar nuestras
disposiciones interiores para ser mejores. La tradición cristiana es abundante
en este apartado. Solo me ha sorprendido la sensatez del dueño del campo que
reconociendo la bondad de su semilla es capaz de mirar un poco más allá que los
peones y comprender el alcance de lo que permite en su campo.
Antes de “arrancar” cualquier
tipo de “cizaña” en ellos quisiera ser lo suficientemente sensato para
arrodillarme frente al dueño del campo y preguntar: ¿Quieres que vaya a
arrancarla?
Él, en su infinita sabiduría, nos
responderá siempre qué hacer. Que esta parábola diga a cada quien lo que tenga que decirle.

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