“Todo escriba
docto en el reino de los cielos se parece a un padre de familia que saca de su
tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”. Mt 13, 52
Traducciones más, traducciones menos. Amén del
significado de esta diminuta parábola, me quedo con el comparable: el padre de
familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. ¿Cuál es ese
tesoro? En varios pasajes de la escritura se nos enseña que el tesoro de cada
uno es su corazón. “El hombre bueno, del tesoro de su corazón saca lo bueno”,
“donde está tu tesoro, ahí está tu corazón.”. Son dos sentencias muy hondas de
Jesús. Con sentidos diferentes cada una, pero a efectos de este escrito dejan
claro que el tesoro del padre de familia no es otro sino su corazón.
Entonces, los papás tenemos un tesoro. Un tesoro arcano.
Un tesoro hermoso. Un tesoro invaluable. Que se aprecia con el tiempo y que
nunca pierde su novedad. Que se va llenando de momentos, de miradas, de juegos,
de mimos y cariños. De primeros pasos y primeras risas. De conocerse mucho los
que viven juntos. De saber al otro desde antes de mediar palabras. Y después.
Recostados, conversando. Unos queriendo conocer, los otros intentando ser
conocidos. A estas alturas ya no sé bien cuál es mi bando. Solía pensarme
amante, en todo caso soy amado.
Escribiendo esto trato de ponerlo en ese tesoro.
Hoy es nuevo y es pequeño. Ínfimo. Es una cotidianeidad insignificante. Una
minucia. Pero este tesoro de los papás no conoce tamaños. Lo sabré bien yo. Lo
pequeño se hace gigante. Y esto algún día será enorme. Tanto que hoy no me cabe
en el corazón y tengo que ponerlo en algún sitio. Como la pesca milagrosa cuya
impensable abundancia tuvo que ser cargada por otra barca. Y también porque la
memoria es frágil. Y algún día querremos volver, querremos ponernos a la sombra
de este recuerdo, y no lo encontraremos. Perdidos iremos entre tanta novedad,
seremos escribas de vanguardia que han olvidado lo de su tesoro antiguo. Y
tanto bien debe quedar guardado. En la memoria. En el corazón. En los huesos. En
las palmas de las manos. En ese lugar tan especial en el que solo somos Dios y
yo.
Tenías tres años, hijo mío. Cuando recostado en tu
cama, una tarde, te vi arropado con tu colcha. Algo estabas haciendo, no
entendía bien qué. Te lo pregunté. Y me respondiste que hablabas con Jesús. Me
dio curiosidad. Eras tan pequeño. ¿Qué le dices a Jesús?, me acerqué con mi
pregunta. Le pido que me cure, me respondiste. Al parecer tenías algún dolor en
la barriga. ¿Y cómo te cura Jesús?, con el escepticismo del que tontamente me
enorgullezco. Con su Palabra, me enseñó aquel día tu voz dulce. ¿Cómo es eso?,
queriendo conocerte más. Jesús cura con su Palabra porque una palabra suya
bastará para sanarme, nuevamente tu voz de niño dándome una jaculatoria para
toda la vida.
Lo escuchaste en misa varias veces. Lo habías
comprendido. Yo, tan práctico, ocasionalmente preferí no llevarte porque eras
muy pequeño y te ponías a jugar. Sabes lo sagrado que es para mí todo este
asunto. Me conmovió verme invitado, de súbito, a ese espacio tan especial que
Dios tiene contigo. Que Él mismo va construyendo. Tú, con tanta inocencia y
profundidad. Él, como un niño sorprendido en alguna travesura, descubierto en
un lugar en el que se supone no debería estar.
Tal vez tú no lo recuerdes cuando crezcas. No te
preocupes. Yo lo conservo en mi corazón. En este espacio que es tan mío y en el
que guardo muy pocas cosas porque muy poco es necesario. En el ala de mi
colibrí, donde estás tú desde que me miraste con tus ojitos de asombro, donde
iluminas con cada pregunta que haces y construyes lo que yo mismo había dejado
ya de construir. Espero poder ser para ti, cuando más lo necesites, un buen
papá capaz de sacar de mi corazón maltrecho todo esto antiguo y nuevo que, sin
merecerlo un ápice, se me concede en don contemplar.

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