jueves, 19 de septiembre de 2019

El sábado, el día del amor

En esta re-lectura que estoy permitiéndome hacer de varios pasajes bíblicos quería rescatar un símil que se me ha antojado muy simpático. Son pasajes que he descubierto comunes y están sirviéndome como descanso del trajín diario. Se trata de la discusión sobre el descanso sabático que mantuvo Jesús con los judíos, la dualidad ley y espíritu de san Pablo y el espacio de encuentro dialogal de los esposos. Voy tratar de hacer mi mejor esfuerzo por ordenar esto que vengo meditando en el corazón. No esperen referencias, ni concordancias. Es más, no esperen mucho. No es un tratado teológico. Es más bien un escrito de un cristiano que entendió que hay que rezar para ser feliz y que si a alguien ayuda compartiendo eso que reza, pues lo hace.

Como creemos desde la alegoría del Génesis Dios creó el mundo en seis días y descansó al séptimo. Este séptimo día fue consagrado por Dios. Me imagino al Creador de todo contento en su jardín, reconociendo que todo cuanto había hecho era muy bueno y pasando tiempo con los que eran suyos. Ahora que estoy casado y tengo hijos pequeños aún, lo comparo con esas mañanas de los días libres en las que la familia cabe entera en un “jardín” de dos plazas y media. Si de alguna forma puedo imaginarme aquel séptimo día, tendría que ser como aquellos momentos en que un padre se recrea con su familia.

Esta imagen es el espíritu, o debió serlo, de la tradición del Shabat, el día de descanso de los judíos. Dios que quiere un día especial para encontrarse con su pueblo. Es muy rico este otro símil que, a lo largo de toda la escritura, asemeja la relación de Dios y su pueblo con la de dos esposos que se aman. “La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo” se puede leer en Isaías; "¡Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado, que apacienta su rebaño entre los lirios!" revela el Cantar de los Cantares. El encuentro de los esposos, como el de Dios con su pueblo, es reparador, alegra el corazón, alivia los dolores.

Quien haya tenido la experiencia de estar enamorado sabe de qué hablo. El encuentro de los esposos, que no es solo el sexual aunque lo incluye, se da en el marco de las palabras. Ellas son la puerta de entrada al misterio que cada uno es. Es en el dialogo conyugal donde la experiencia vital de estar enamorados los esposos se actualiza. Es en este espacio coloquial donde muestro quien soy, donde soy acogido, donde soy apreciado por mi verdadero valor y soy mirado rectamente. Aquí se renuevan el cariño, las opciones y el deseo. Es un espacio de honestidad interior, donde se puede descansar porque hacerle bien al otro es la intención más profunda de los que se encuentran. Quien se casa lo hace porque ha vivido esta experiencia y quiere hacerla permanente. Este es, creo yo, el desafío más grande de la vida matrimonial.

Como pueden darse cuenta existen muchas similitudes entre el amor de los esposos y el encuentro con Dios. Eso es lo que el Shabat debió representar. Pero como en casi todo, y lo digo con dolor, la dureza de corazón de los hombres y mujeres transformaron este ámbito de encuentro, que es espíritu puro, en mero cumplimiento exterior. En ley, para terminar de parafrasear a San Pablo.

Jesús entró a una sinagoga un sábado. Había allí un hombre con la mano paralizada, y los judíos, buscando un motivo para acusarlo, le preguntan si está permitido curar en ese día. Jesús contesta con una parábola magnífica: ¿Quién de ustedes, si tiene una sola oveja y esta cae a un pozo en sábado, no la va a sacar? Un hombre vale mucho más que una oveja. Y lo cura. En sábado está permitido hacer el bien. ¿Por qué? Porque el bien es el fin último de la creación, es el regocijo del corazón de Dios.

Con el paso del tiempo, y no solo del tiempo sino también al acumularse desencuentros en la vida de pareja, el espacio entre dos se va haciendo cada vez más “ley”. Más cumplimiento externo que espacio de descanso para el corazón. Las parejas queremos tips para mejorar la comunicación, y está muy bien, pero es la intencionalidad última de hacer el bien al otro, de amarse gratuitamente, el supuesto y la base del asunto. Si los judíos hubieran comprendido esto sí que habrían disfrutado sus sábados. Si la intención de los judíos hubiera sido hacer el bien se habrían conmovido ante el sufriente, se hubieran alegrado con el milagro, y, ¿quién sabe?, a lo mejor hasta comprendían que estaban ante el Señor del sábado que lo único que quería era descansar su corazón con ellos.

¿En qué momento el espacio de diálogo de los esposos se vuelve árido y gravoso? Cuando deja de ser encuentro. Cuando deja de ser descanso. Cuando deja de ser cálido. Cuando se vuelve Ley. ¿Cuándo vuelve a ser lo que este espacio debe ser? Cuando se es honesto. Cuando se busca el bien del otro. Cuando se mira como Dios ve. El matrimonio es un sacramento. ¿Qué significa esto? Que es un signo sensible y visible de la relación de Dios con los hombres. Que en el amor de pareja debemos experimentar el mismo amor de Dios. Que debo buscar el consejo del otro con la misma ansia que busco el rostro de Dios. Que debo ser para el otro el mismísimo abrazo que Dios quiere darle en determinado momento. En fin, cuando vuelve a ser Espíritu.

Y el Espíritu está vivo. Es gratuito. Es fecundo. “Sopla donde quiere”, le dice Jesús a Nicodemo. El Espíritu es Dios.

Fácil de escribirse, un poco menos de ponerse en obra. Todo un desafío para el amor.


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