Antes de tener hijos leía comentarios sobre las lecturas de la misa del
domingo de hasta tres fuentes distintas, Ahora no alcanzo ni a llegar diez
minutos temprano a la Iglesia para medio rezar algo. No es excusa, me digo.
Pero la verdad sea dicha, Juan Pablo o Nicolás no me dejarían rezar esos diez
minutos. No importa, me quedan los sábados por la mañana. Parqueo el carro. Por
suerte encontramos lugar cerca, otras veces he tenido que parquear lejos.
Baja al más grande, baja el coche, baja al más chico con todo y su asiento,
recoge la mochila, baja la leche. Si me dieran un dólar por cada vez que he
repetido esta rutina en los últimos dos años y pico. Caminamos hasta la
iglesia: yo empujando el coche con Nicolás, Paola de la mano con Juan Pablo
Hay días buenos y malos. Un día bueno es cuando Nico se duerme en la
misa. Un día malo, eso es para otro post. Que los dos se duerman debe ser muy
bueno. No nos ha pasado. Este no es un día bueno. Los dos despiertos. Busco un
par de sillas y las pongo atrás. Detrás de todos para incomodar menos. Pero también
para que los niños tengan espacio de moverse con libertad. Y por moverse quiero
decir correr y jugar. Nunca me ha gustado eso de llevarles juguetes porque,
después de todo, este espacio es sagrado y si busco entretenerlos no van a
comprenderlo así en el tiempo. Lo del par de sillas es ritual porque,
generalmente, terminamos de pie persiguiendo a uno o arrullando a otro.
Empieza la misa. En mi cabeza he divido la misa en dos partes: la mía y
la de Paola. Yo no necesito concentrarme mucho para rezar. Normalmente doy
saltos entre pensamientos. Cuando estoy en paz conmigo no salgo de la iglesia y
entiendo lo que Dios trata de decirme, pero cuando no puedo terminar en Kazajistán.
Días bueno y días malos: yo soy de esos. Mi parte es la de las lecturas, es el
espacio en el que prefiero estar concentrado. Por eso trato de dejar al más
inquieto con Paola en ese momento. Por lo general ese es Juan Pablo. En la
segunda parte, la de la liturgia eucarística, trato de tenerlo yo. Paola es de
las que necesita concentrarse. Pobre. Ella es de esas. En este ritmo eso es un
poco complicado, por no decir un lujo.
Empiezan las lecturas. Nico está despierto. Risueño como él solo. Mi
hijo es de esos. Me entretiene, me distrae. Me doy cuenta y regreso. Pero
voluntariamente vuelvo a irme. Entre juegos escucho que alguien habla de Amós.
Me gusta Amós. Recuerdo esos versos hermosos de Dios hablando a su amada en el
desierto. Otra vez me distraigo y empieza la segunda lectura. Nicolás quiere
jugar. Yo no me resisto. Me pierdo la segunda lectura. Me prometo prestar
atención en el evangelio. El envío de los doce apóstoles. Siempre he creído que
ese envío se aplica muy bien al matrimonio, porque al final es ir de dos en dos
por donde los envía Jesús. Pienso que hubiera sido bueno poner atención a las
lecturas.
El padre centra su homilía en la segunda lectura. La que no escuché.
Hago señas a mi esposa y voy a ver una hojita dominical. Traigo dos, una para
ella. Ojeo las lecturas mientras escucho la homilía. Siempre he creído que
puedo hacer dos cosas al mismo tiempo aunque la evidencia me diga que no. Yo
soy de esos. La segunda lectura es de San Pablo. Ya la he leído antes. Es el
saludo de Pablo a los Efesios. La cristología de esos versículos es muy
profunda. Dios nos ha escogido en Cristo para que seamos para Él y en Su
persona nos ha colmado de bendiciones materiales y espirituales. San Pablo está
hablando de mis hijos, no me cabe la menor duda aunque no los haya conocido.
Esa carta es un verdadero manantial. De Cristo nos ha venido la gracia,
el perdón, la redención. Todo ha sido recapitulado en Él para nuestro bien. El
padre hace referencia al sacramento del bautismo. Nicolás me sonríe, como si fuera
Dios mismo quien lo hiciera en ese momento. Recuerdo su bautizo. Con esa
homilía tan bonita sobre las virtudes de Isabel de Hungría. Su sonrisa franca y
buena me hace ver algo de ella en Él. Exageraciones de los papás, me digo. En
ese momento, busco con la mirada a Juan Pablo que se pasea entre las personas.
Su mamá lo persigue físicamente. Pobre. Él corre con una galleta en las manos.
Su mamá va detrás de él. Lo alcanza. Lo abraza. Lo trae de nuevo a su lado.
Recuerdo también su bautismo. Y la homilía bonita sobre la Trinidad. El
tercero que llega a completar a los dos, el mejor regalo que los amantes pueden
hacerse. Todo lo que dice la carta de San Pablo es una realidad para ellos
desde el bautismo. Me siento alegre por la hermosa fe que tengo. Recuerdo que no
me fue fácil creer. Sonrío para mí por esa época. Trato de recordar mi bautismo,
pero no hay caso. Los hijos son para eso: para ver lo que no alcanzamos en
nosotros mismos. Sea por la edad, la disposición o la distancia. ¡Qué bueno es
Dios! Lo entiende San Pablo y algo lo voy entendiendo yo.
Termina la homilía y automáticamente hago el cambio. Creo que Paola no
ha caído en cuenta de mi estrategia. Cuando se entere va a diagnosticarme con
seguro Alzheimer, como lo hace cuando descubre mis rigideces. Tomo a Juan Pablo
en brazos y me lo llevo más adelante para que su mamá pueda concentrarse. Algo.
Lo que se pueda. Juan Pablo quiere bajarse y seguir corriendo. Yo no lo dejo.
La consagración es demasiado sagrada como para que ande por ahí correteando. Ve
la pila del agua bendita y quiere meter las manos. Yo pienso en las bacterias
que debe haber ahí con todo el mundo metiendo sus manos. También pienso en el
poder de la gracia y cuan necesaria es. Me puede la fe sobre la pandemia de la
mente paterna. La tocamos, nos la ponemos en la frente y volvemos. Ojalá no nos
enfermemos. Es durísimo para ellos. Ojala la gracia haga efecto. A mí sí que me
hace falta.
Para entretenerlo le voy repitiendo lo que el sacerdote dice en la
consagración. Él ha ido aprendiendo a repetir conmigo. Pancito de Jesús, le
dice a la eucaristía. Cuando repite conmigo, con su voz breve e inocente «Señor
mío y Dios mío» me conmuevo hasta los huesos. Me acuerdo de Tomás y es como si
yo metiera mis dedos en su costado. Después repite algo muy mío que solo digo
en ese momento. Él está lo suficientemente cerca como para escucharlo. Es una
alegoría de la vida.
Dos momentos en que mi hijo de dos años participa conscientemente
en la misa: en el ofertorio y la paz. En
el ofertorio me pide una moneda y persigue a las personas que vienen con el
cepillo. En la paz se baja y empieza a darle la mano a todos los que ve. Él es
de esos. Lo recuerdo en el carro cantando a todo pulmón la del millón de amigos
de Roberto Carlos. Tal vez yo debería ser un poco más así.
Terminada la misa vamos hacia el carro. Se repite la rutina paterna a la
inversa: Sube la mochila y la leche, sube al menor con su asiento, sube el
coche. Paola sube al mayor. Vamos conduciendo, buscando algo de comer, y ella,
entre otras cosas, me dice que me ama. Que es feliz. Yo respondo como automáticamente
respondemos los maridos. Pero me quedan dando vueltas tantas cosas buenas en el
corazón.
Yo no sé a quién en la iglesia se le ocurrió nombrar a los domingos de
este tiempo como ordinarios, pero en el quinceavo domingo del tiempo que
llamamos ordinario yo he sido feliz. Muy feliz.
Más feliz de lo que merezco y menos de lo que Dios tiene pensado para mí.

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