miércoles, 29 de abril de 2020

La ciudad se llenó de alegría

El título de este post es la última frase de la primera lectura del día de hoy (Hch 8,8). Y, no sé, le ha dado sentido a algunas cosas que he estado pensando. Debe ser el encierro de esta cuarentena y la vivencia de la Pascua, como la de los primeros cristianos, dentro de las casas. En la primera Pascua, y en la nuestra ahora, se me hace muy evidente la idea griega del ser en potencia.

Para Aristóteles, y muchos años después para Tomás de Aquino, la potencia es la capacidad de algo de ser en el futuro. Ese algo futuro se encuentra en su esencia pero, hoy, no es acto. Los evangelios están llenos de esta idea. La semilla de mostaza, por ejemplo, es en esencia un árbol gigantesco aunque su actualidad sea minúscula. La potencia es capacidad, alcance. Así el reino de los cielos del que Jesús nos habla se parece a este granito de mostaza: pequeño en acto, pero potencialmente inmenso.

Si sois lo que tenéis que ser, decía Santa Catalina, prenderéis fuego al mundo entero. Nuevamente: potencia y acto. Si sois lo que tenéis que ser, potencia pura, prenderéis fuego al mundo entero, la belleza del acto que nos hace imaginar la tierra entera consumida en un cálido fuego de amor. Idea de los griegos, de los cristianos de antes y de ahora.

Cuando hablamos de la primera Pascua en las casas de los cristianos no podemos dejar de percibir el temor que ocasiona su encierro. Pero también alcanzamos a ver, en este tiempo litúrgico precisamente que las lecturas diarias nos van narrando los hechos de los primeros apóstoles, el desenlace de ese pequeño aleluya que empezaba a escucharse hacia adentro y que cobraría mucha fuerza con el pasar de los siglos. En una casita sencilla la alegría de una mamá nazarena que se reencuentra con su Hijo iría contagiando a todos al ritmo de los encuentros de un resucitado con sus amigos.

¿Qué se necesita para llenar una ciudad de alegría? Poco en realidad. Una mamá. Un resucitado. Unos amigos. Ese aleluya del albor de la iglesia era potencia pura. Aleluya dicho muy bajo, con temor, hacia adentro, entre cuatro paredes, tiene la fuerza para encender el mundo entero. Y digo “tiene” y no “tuvo” porque al escucharlo, cuando aplicamos el oído a las escrituras como si de un susurro se tratase, en nosotros también se hace actualidad. Empezamos a ver claramente a esa mamá, a ese resucitado y nos hacemos amigos de esos primeros discípulos.

Nuestro aleluya de hoy, de esta Pascua, tiene muchas similitudes con ese primer aleluya. Es potencia. Es pequeñito, se dice con temor y hacia adentro, pero puede transformar las vidas de muchas personas que necesitan comprender el dolor desde la luz que brota del Evangelio. Dios es más fuerte que la muerte y todas las implicancias prácticas que eso conlleva.

Este encuentro con Dios de estos días es potencia. Es casi imperceptible pero dentro de sí lleva la capacidad de encender toda una generación y sólo Dios sabe cuánto más. Hemos visto de cerca nuestra fragilidad, hemos experimentado la muerte de personas cercanas, hemos visto testimonios reales de personas valientes ayudando a los demás. ¿Tan difícil es percibir el árbol inmenso que ya está brotando de esta minúscula semilla?

Una mamá, un resucitado y unos amigos. Nosotros, la iglesia en familia, encerrados con temor pero siendo capaces de reconocer la mano de Dios que nos sostiene y empuja al encuentro con Él. El mundo, el que yo conozco al menos, se ha construido a fuerza de encuentros como éste.

Resucitó, según su palabra, resucitó. ¡Aleluya!


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