Hace unos días me
encontraba realizando la noble tarea de cambiar un pañal a mi hijo en la
madrugada. Una de las pruebas más difíciles para los papas, coincidirá conmigo
quien lo haya pasado, sea por la tarea o por el horario. Ahí en el cambiador, los
dos tuvimos uno de esos momentos de silencio que da para pensar muchas cosas. Bueno
yo, porque Juan Pablo se volvió a dormir durante el cambio. Y una de esas cosas que se me venía a la mente
era aquella alegoría que Jesús usaba para explicar cómo sería el juicio final,
aquella en que el Rey dice a los que ha puesto a su derecha:
«Venid,
benditos de mi padre, y reciban en herencia mi Reino porque tuve hambre, y me
dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me acogieron;
desnudo y me vistieron… Les aseguro que
cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron
conmigo» Cfr. Mt 25,34-40.
Y me sonreía por encontrar
un nuevo significado a una cita bíblica que conocía desde hace ya mucho. Porque,
básicamente, eso es lo que se hace con un recién nacido: alimentarlo, vestirlo,
acogerlo. Creo que el amor de padres, que es inmenso, eclipsa esta realidad profunda
de que también es Cristo quien quiere ser atendido en un niño pequeño. No sé,
cuando le tomé el peso a esta realidad me invadió un sentimiento de gratitud;
un aliciente más para las nobles tareas nocturnas.
Un hijo es una luz
nueva que ilumina la forma en que vemos la vida. Hace evidentes cosas que antes
nos pasaban desapercibidas. Hacia afuera y hacia adentro. Nos pone frente a
nosotros mismos y ante Dios, si somos lo suficientemente sencillos y atentos.
En la misa del último
domingo la lectura del evangelio nos proponía la parábola del buen samaritano.
A mí siempre me gustó una interpretación que leí alguna vez de San Agustín: El judío
asaltado en el camino nos representa a todos como humanidad herida por el
pecado, y el samaritano es Cristo que viene a andar nuestros caminos. Haciéndose
nuestro prójimo se conmueve por nuestra situación y nos levanta, nos cura con
aceite y vino, simbolizando sus sacramentos, y nos lleva a una posada, signo de
su Iglesia. Allí ofrece dos monedas por cuidar a este hombre y promete pagar a
su vuelta todo lo que se gaste de más, aludiendo a su regreso al final de los
tiempos
Otra vez sonreí por el
nuevo significado que descubría en esta parábola conocida desde hace mucho: Si
la familia es Iglesia doméstica, como han dicho los Padres, recibe la misma promesa
de Jesús por cada persona que acoge en su seno. Él mismo es quien recoge a cada
miembro herido por el pecado original en el camino, lo cura con sus sacramentos
y lo deja bajo los cuidados familiares. Porque, seamos sinceros, mucho bien nos
hace el cariño familiar. Y Dios lo tiene muy claro.
Miré a Juan Pablo y
me pareció escuchar que era conmigo el cierre de la parábola:
«Cuídalo, y lo
que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta».
Casi respondo en voz alta, pero lo hice para mis adentros:
«No se preocupe Señor, mi esposa y yo se lo cuidaremos bien hasta su vuelta».
Casi respondo en voz alta, pero lo hice para mis adentros:
«No se preocupe Señor, mi esposa y yo se lo cuidaremos bien hasta su vuelta».

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