Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
(Secuencia de Pascua)
La figura es más o menos así: Imagínense una batalla, de esas antiguas, del medioevo tal vez. Por lo general, en una batalla pueden participar dos o más ejércitos. Para simplificar serán solo dos: una de la luz y otro de la oscuridad. Cada ejército tiene un capitán, o emperador, o rey, o lo que mejor se les acomode. Para mi es el Señor, y es el que comanda las fuerzas del bien. El otro ejército, hay que decirlo aunque sea obvio, es del mal.
Usualmente en estas batallas antiguas los comandantes enviaban a sus tropas al combate y luego de que se decidía la suerte del enfrentamiento entraban victoriosos en el campo, o huian a una posición más segura.
En esta batalla ocurre algo singular, imagínenselo con todas los efectos especiales posibles. Al encontrarse los ejércitos en una batalla sin tiempo, el Señor de la luz sale al frente de su armada. Se expone a todos los ataques que el otro bando puede hacerle, demostrando que ninguno de éstos puede causarle el menor daño. Ataque tras ataque sobre su carne inocente parecen no tener efecto. El ánimo de sus tropas se eleva ante Señor tan poderoso.
De pronto las fuerzas del mal liberan a su más terrible bestia. La llaman Muerte. Dicen que es capaz de arrancar de cuajo la vida a cualquier ser. Nadie nunca se ha escapado de sus fauces. La Muerte emprende su embestida en contra del Señor y Él, en lugar de hacerle frente como todos esperábamos, le expone el costado de su corazón, dejándose morder.
Ambos caen. Las fuerzas del mal celebran. Se levanta la Muerte. Sarcástica. Eficiente. Soberbia. Una vez más ha cumplido su cometido. El Señor yace como si le hubiesen arrancado la vida.
Cuando todo es confusión y desacierto en el ejército del bien, su Señor se levanta. Victorioso. Sereno. Profundo y vencedor. Como quien es dueño de todos los secretos, incluso los de la oscuridad. No hay más misterios. Vuelve su mirada a sus tropas y sonríe. Ni el mal ni la muerte tienen poder sobre Él. No los destruyó, hizo algo mucho más terrible: demostró que su mordida letal no es tal. Ha transformado el mal en fuente de esperanza. Nos ha enseñado como podemos trocar en luz la oscuridad.
Luego de sonreír a los suyos toma su espada y emprende veloz carrera hacia el mismísimo Señor del mal, destruyendo a todos los enemigos que se ponen a su alcance. La Muerte da su alarido y huye con rapidez. Pero no tienen donde esconderse. Solo quedan escaramuzas en el camino. El hacha esta puesta ya sobre la raíz de su árbol.
En ese punto de la batalla estamos. Frente a un ejército que no tiene armas contra nosotros sino nuestro propio temor. Y detrás de un Señor que a fuerza de bien ha cambiado las reglas del juego para nuestra felicidad.
¿Te atreves?
No tengáis miedo.

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