martes, 18 de diciembre de 2012

El aroma de un encuentro

Algunas veces sucede. Nos encontramos en el lugar preciso, en el momento justo. Vemos algo, o lo escuchamos. Lo captamos, con o sin palabras. Y ese entendimiento cala hondo y mueve anhelos profundos que no sabíamos que teníamos. O por lo menos no los recordábamos. En fin.
Últimamente me ha dado por pensar en la muerte como un encuentro entre dos que se aman. El rey que viene a ver a su amada al final del tiempo. Viene a verla porque prendado está de su hermosura, y con el tiempo esta belleza se le ha hecho más radiante, irresistible para Él. Al punto que ya no puede aplazarlo más y  empieza a preparar este momento. Poco a poco hace anuncio  de su llegada y la amada de esta historia empieza a adornarse con lo mejor que tiene. No le cuesta mucho, es hermosa al natural. Llegará el día en que ella abandone a los suyos para irse con su Esposo, pero por ahora se acercan románticamente, como enamorándose más.
Hace poco escuché a un par de esposos que me permitieron captar algo de esto. Ambos, mayores ya, están un poco enfermos. Con dolores típicos de su edad él, y no tan típicos ella, conversaban un día como cualquiera. Yo, cerca, los escuchaba como siempre. De pronto él, como quien suelta cualquier pequeñez y al mismo tiempo como develando algo que mantenía celosamente en secreto, dijo: «Estos días le he pedido a Dios que me dé un poco de tus dolores, para que no los lleves sola».
Decía San Pablo que no sabemos pedir lo que nos conviene. Y cuanta razón tenía. Esta es una petición que conmueve por lo desinteresada y generosa que es. Que miedo, pensé yo, pedir algo así. Miedo porque se nos podría conceder. No creo ser capaz de desear para mi el dolor de otro. Pero el amor es precisamente así: generoso. Tiene un lenguaje que no todos comprendemos.
En medio de estos pensamientos, conmovido y calculando, escuché la respuesta. La esposa, con enojo sentido y aire de reclamo, replicó: «No puede ser que estés pidiendo eso. Yo estoy pidiendo a Dios que me pase tus dolores a mi».
Y el enojo era ingenuamente real. Al parecer no estaban de acuerdo en lo que pedían. Me imagino a Dios escuchando divertido ambas peticiones por separado, sin saber a quien conceder lo que pedía. Divertido y conmovido por ver que el amor, a pesar de todas las fragilidades, es capaz de hacer de dos corazones uno solo. Dos peticiones secretas que en este momento preciso se hicieron públicas. Y a veces Dios nos permite estar ahí. Para escuchar, para aprender. Y para pedir algo de eso también.
Honestamente no sé si algún día seré capaz de hacer una petición como ésta. Lo digo por la sinceridad que capté en ese momento. No fue ninguna cursilería planificada, sino un momento genuino de amor. De esos que por ahí se cree que ya no existen, pero que dejan en el aire un aroma que agrada y alegra el corazón.

El perfume de este encuentro enamora a quien lo percibe. Y más aún al Amado que atento está de su bella prometida. No la pierde ni un instante. La mira con dulzura. Pendiente está de sus amores.

Estos momentos no son más que el Esposo viniendo a visitar a quien tanto ama. Preparando su camino. A Dios gracias, el aroma de estas visitas nos permite a los suyos reconocer con quien se ira cuando nos deje.

No hay comentarios:

Publicar un comentario