Ahí.
En esos ojos.
Donde no habita el mal sino que, al contrario, son fuente del más grande bien.
Donde el amor desciende de manera inaudita. Incomprensible.
Quizás, pero real como nada puede serlo.
En esa mirada que recibe cándidamente cuanto se le ofrece.
No importa si son las más finas especias orientales maduradas en el largo camino fiel desde el primer brillo de alguna lejana estrella.
Cuenta poco si es la agitación febril del pastor dormido que, sobresaltado por algún coro angélico, ha dejado cuanto consideraba valioso y ha salido, en el último momento, a verte.
No importa si no llevo más que el corazón. El mismo que tan bien conoces.
Ahora que lo pienso, no recuerdo haber tenido otro.
Poco importa esto porque te has hecho a ti mismo incapaz de preguntar.
Has escogido hacerte Niño, y no quieres recibir ninguna explicación.
Ninguna justificación.
¿De qué serviría explicar la dificultad del camino, o la fragilidad humana, a un Dios que ha decido no escuchar?
Has decidido sonreír, has decidido amar.
Has decidido recibir mi corazón aunque yo quisiera entregarte otro.
Quisiera explicarte.
Quisiera que me escuches.
Quisiera que me libraras de las torpezas del camino.
Pero no estás ahí para escuchar.
No esta noche.
Estas ahí para mirarme con amor.
Para mirarme más allá del mal. Donde solo puede existir bien.
En esos ojos puedo ver el bien que, a veces, no es tan fácil percibir.
En esos ojos, de inocencia que conmueve, entiendo que mi corazón te alegra.
Te hace sonreír.
Y no hacen falta explicaciones.
Solo dejarme mirar con amor.
Se escucha fácil, y es tal vez lo más difícil.
Dura cerviz tenemos.
Pero nada de esto importa porque has decidido ser Luz.
Luz que disipa las tinieblas.

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