El título tiene el único fin de parafrasear a Dickens. No esperen encontrar ninguna historia sobre fantasmas pasados, presentes o futuros, que ya bastante aburridos los deben tener en estas fechas. En fin.
Esta es, más bien, la historia de un sacerdote judío llamado Zacarías. En el Israel de su tiempo se esperaba con mucho entusiasmo la venida del Mesías. Al parecer se sentía cerca, y la expectativa era generalizada.
Sucedió que un día, estando Zacarías en su servicio sacerdotal, tuvo que entrar al Templo a ofrecer incienso mientras el pueblo esperaba afuera. Una vez adentro se le apareció el ángel Gabriel, éste ángel que tan buenas noticias nos ha dado, de pie a la derecha del altar.
- No temas Zacarías; tu súplica ha sido escuchada – le dijo.
Y empezó a explicarle que su esposa Isabel le daría un hijo a quien pondría por nombre Juan, sería grande a ojos de Dios y tendría como misión preparar a su pueblo, disponer sus corazones ya que el tiempo de Dios estaba realmente cerca.
Zacarías y su esposa eran de edad avanzada. Y, como nos hubiera ocurrido a ti y a mí ante una situación similar, dudó. – ¿Cómo puedo estar seguro de esto? – le dijo Zacarías al ángel. Y no es de asombrarse. Por lo general a nosotros también nos cuesta creer que Dios entra en nuestras vidas. Nos cuesta aceptar algo que es muy natural. Dios esta realmente cerca hoy también.
El ángel, espero que no muy enojado, le dijo a Zacarías que se quedaría mudo hasta que estas cosas sucedieran. Tal como lo leen, por no haber creído.
Zacarías, que se había demorado mucho adentro, salió mudo. Me imagino su rostro después de semejante encuentro. Me imagino también la curiosidad con que la multitud observó a Zacarías salir. Y me atrevo a imaginar además el chismerío con la noticia del embarazo de Isabel: el extraño caso de la anciana mujer del sacerdote que se quedó mudo en el Templo. Todo un titular.
Lo interesante ocurre después. Zacarías queda mudo hasta que su hijo nace y el día que van a circuncidarlo le preguntan a la madre que nombre piensan ponerle. – Juan – dice ella. Tal como dijo el ángel. Le preguntan al mudo y éste escribió en una tablilla: Su nombre es Juan. En ese momento se soltó la lengua de Zacarías y hace un cántico hermoso que el evangelista Lucas ha logrado recuperar:
« Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su Pueblo,
y nos ha dado un poderoso Salvador en la casa de David, su servidor...
y nos ha dado un poderoso Salvador en la casa de David, su servidor...
Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios,
que nos traerá del cielo la visita del Sol Naciente
para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte
y guiar nuestros pasos por el camino de la paz ».
Esto, entre otras cosas. ¿Qué reflexiones habrá tenido Zacarías en este tiempo de silencio? Creo que quedarán entre Isabel y El. Lo que si podemos ver es que este tiempo de espera lo ha preparado para comprender mejor el misterio que había entrado en su pueblo, en su familia, en su realidad. Antes no era capaz de creer lo que decía un ángel, ahora logra captar la bondad de Dios. Logra percibir que está realmente cerca.
Un bonito cuento de adviento que nos enseña que actitud tener en este tiempo. Silencio. Confianza. Hondura. La alegría de la Navidad no es una emoción cualquiera. Brota de la conciencia profunda de que Dios no se ha quedado encerrado en su cielo, sino que ha entrado en la historia. En nuestra propia vida. Es necesario contemplar el misterio de la cercanía de Dios y alegrarnos porque ha querido sonreírnos en un pesebre en Belén. Sonreírnos en la risa inocente de un recién nacido.
Espero que Dickens no se resienta con este cuento.

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