Entrábamos al hospital por la que sería la última
emergencia. Recostada en su camilla, mi mamá me dijo una de las últimas cosas
que escucharía de su voz: «Con todo lo que los quiero, ya quisiera irme. Siento
que los estoy retrasando».
Lo decía después de seis años de cáncer: tres del
primer tumor en el seno, un receso de un
año, y dos de la metástasis en los huesos. Luego de varias sesiones de quimio y
radio terapias. Luego de perder la movilidad por el dolor y por el riesgo de
fractura ósea. Luego de pasar la mayor parte del tiempo acostadita en su cama.
¿Te duele? - le preguntaba-.
Solo cuando me muevo - me respondía-. Cuando no me muevo me siento de quince años.
¿Te duele? - le preguntaba-.
Solo cuando me muevo - me respondía-. Cuando no me muevo me siento de quince años.
Quienes la conocieron podrán dar fe de su sentido
del humor.
Yo no había tenido mucha experiencia con el dolor o
la muerte. En mi familia no somos enfermizos, ni nada por el estilo. Mis
abuelos fallecieron hace algún tiempo, pero la verdad mi relación con ellos
nunca fue muy cercana. Considero que lo que vivimos con mi mamá ha sido mi
único encuentro fuerte con ambas, hasta ahora. Obviamente, el sufrimiento es un dato siempre a la mano, es más que evidente que está allí,
pero la experiencia de pasar a través de él con alguien querido le da otra
dimensión al asunto. Ni que decir de transitar estos caminos con la mirada que da la fe en un Dios personal y
bueno, que tiene un Plan para nosotros cuyo motor es el amor, y que busca
nuestro bien aún en las situaciones más dolorosas. Eso es, definitivamente, luz
que alumbra lo que a veces no se alcanza a comprender.
La verdad era que si nos “retrasaba” en la vida.
Cuidarla suponía posponer algunas cosas. Pero viéndolo ahora era un retraso
necesario. Como una de esas pausas requeridas para proyectarse mejor. Para mí
es una de esas cosas que no se aprenden estudiando, sino que se van entendiendo
con el corazón: con dolor al principio, y con mucho fruto al final.
Por eso, y a riesgo de simplificar mucho, me
gustaría poner por escrito y compartir algunas de las enseñanzas que
significaron para mí el tiempo de la enfermedad de mi mamá y su posterior
tránsito a la casa del Padre, como decimos los cristianos. Espero que les sirva
a quienes pasen por algo similar. A mí me servirá para recordar, aunque lo que
se graba en el corazón rara vez se olvida. Creo que el método de Dios es, ciertamente, la mejor pedagogía.
Dios nos
permite cargar algo de nuestra propia cruz
Comprendí que Dios comparte un poco del dolor que
ha decidido cargar sobre sí con los que quiere. El dolor, la enfermedad y la
muerte son consecuencia de nuestros pecados, y éstos han sido asumidos por
Jesús en la cruz. Han sido redimidos, decimos los creyentes. Es decir, no
tienen la fuerza que deberían tener, o por lo menos no recaen sobre nosotros con
la fuerza real con que deberían hacerlo. De eso se trata esto de la redención de
Cristo: el dolor y la muerte no son definitivos, son despojados de su veneno y se convierten más bien en camino
de salvación. Lo que nos toca a nosotros de estas realidades en nuestra vida
cotidiana son solo reflejos del real alcance que el mal debería tener. Pero
Dios, en su infinita sabiduría y misericordia, decide compartirnos algo de ese
peso que Él ya ha decidido quitarnos. Nos permite ser sus cirineos en el
camino: él apoya su cruz sobre nuestros hombros, no para descansar - Dios no se
cansa, eso sería un contrasentido- sino
para que nosotros carguemos algo de lo que nos corresponde, de lo que nos corresponde
a todos como humanidad caída. Es una forma de justicia que permite adelantar
nuestro purgatorio y también el de quienes queremos. También de corresponder en
algo el don tan grande de la redención que nos es donado. Todo esto en un
dialogo hermoso entre Dios que viene a buscar a su hija amada y su amada que
empieza a comprender quien es el que ha venido a buscarla y de que se trata el
don que le ofrece a través del sufrimiento. A mi mamá le debo la purificación
real de muchos de mis pecados y una mirada muy sobrenatural de este tema.
El don de
devolver lo recibido
Cuán importante y gratificante es poder devolver en
vida un poquito de lo que hemos recibido. Mi mamá me cuido cuando niño y yo
pude devolverle sus cuidados en su enfermedad. Hay recuerdos hermosísimos de servicio
y de amor que me quedo atesorados dentro. Y esto es una gracia, no todos pueden
devolver. Pasa lo mismo con la calidad de tiempo que pude pasar durante su larga
enfermedad: todo tiene una perspectiva diferente. Eso es un don también. En los
últimos años tuve oportunidad de dialogar mucho con ella, de conocerla en
muchos aspectos que los hijos simplemente ignoramos.
El cielo
es un lugar cercano
Siempre he sido alguien pragmático, más bien lento para lo espiritual. A mí la vida cristiana me funciona aquí y ahora, ergo soy
cristiano. El cielo ha sido para mí una idea aceptada por fe, algo que no es
importante ahora sino en el futuro, como una verdad que acepto como corolario
de ser cristiano. Emotivamente nunca he estado ligado a este concepto, nunca ha
sido algo anhelado. A mis treinta años, joven pienso yo, Dios quiso que el
cielo se vuelva para mí como un hogar al cual volver. En ese cielo lejano
palpita hoy un corazón familiar para mí, hay un rostro que quiero volver a
besar, un abrazo que quiero recibir nuevamente. Se que hay un jarro de colada -quaker crudo, diría ella- servido para mí en ese banquete eterno del que se nos habla en el evangelio. Esto hace que la vida adquiera
un matiz totalmente distinto. Dios ha querido elevar mi mirada dirigiendo mi
corazón hacia donde está Él mismo. Con esa mirada empiezo hoy mi familia, no
solo con el norte que la inteligencia del misterio pueda darme, sino con toda
la fuerza que puede aportar el corazón.
El dolor
cotidiano tiene una nueva referencia
Palpar el dolor de mi mamá, y percibir su nobleza
al soportarlo, es más, ver su generosidad al hacernos llevadero a nosotros su
dolor me da una nueva referencia para el sufrimiento cotidiano que enfrento.
Incluso la muerte puede tener frutos excelentes, de más está decir que los
sufrimientos cotidianos también. Es un nuevo parámetro para la vida.
El amor
de padres y la gratuidad
Es real que cuando un ser querido fallece queda un
vacío que no puede ser llenado. Este vacío bien asumido puede mostrarnos, a
través de la nostalgia en mi caso, la forma que tiene nuestro propio corazón.
Me explico: dejamos de recibir un tipo de amor y lo extrañamos; con el tiempo
empezamos a categorizar como es ese amor y porque nos hace falta. En mi caso, fue
el amor gratuito que he recibido de mis padres, ese amor sin condiciones de
quien te quiere porque sí, sin importar lo bueno o malo que hagas. Es un amor
que no necesitas ganar, que no necesita de tu esfuerzo. Ese es uno de los rostros
de Dios que he podido descubrir en este tiempo, y los padres son un reflejo
especial de eso. Para ninguna mamá su hijo es feo, tonto o malo, por decirlo de
alguna forma. Somos lo mejor que les ha pasado y eso no lo podemos cambiar ni
siquiera nosotros. Y esto no es arbitrario, en los padres hay un poco de ese
amor que Dios mismo nos tiene. Ellos valoran lo bueno que hay en nosotros por
sobre lo malo tal como lo hace Dios. Cuando comprendemos esto, empezamos nosotros también
a mirar un poco así.
En el libro de Job (5,18) encontré una cita que
expresa un poco mi experiencia: «El Señor hiere, pero
venda la herida; golpea, pero sana con sus manos». Creo que la experiencia
de saberse acompañado por Dios en estos asuntos tan dolorosos al corazón y
complejos para la razón es una clave que permite comprender la profundidad de
lo que se está gestando.
Realmente el mal ha sido redimido hasta sus
raíces más profundas y la muerte, pues ha sido vencida por el Dios de la Vida. No
tienen una sola palabra definitiva. Son verdades que espero que cuando alguno
de ustedes recorra estos senderos, y tengan la certeza que todos lo recorrerán alguna vez, nuestro Señor les conceda mucha apertura para asumir en lo profundo de sus corazones.

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