jueves, 1 de octubre de 2015

Un retraso muy querido

Entrábamos al hospital por la que sería la última emergencia. Recostada en su camilla, mi mamá me dijo una de las últimas cosas que escucharía de su voz: «Con todo lo que los quiero, ya quisiera irme. Siento que los estoy retrasando».

Lo decía después de seis años de cáncer: tres del primer tumor en  el seno, un receso de un año, y dos de la metástasis en los huesos. Luego de varias sesiones de quimio y radio terapias. Luego de perder la movilidad por el dolor y por el riesgo de fractura ósea. Luego de pasar la mayor parte del tiempo  acostadita en su cama.

¿Te duele? - le preguntaba-.

Solo cuando me muevo - me respondía-. Cuando no me muevo me siento de quince años.

Quienes la conocieron podrán dar fe de su sentido del humor.

Yo no había tenido mucha experiencia con el dolor o la muerte. En mi familia no somos enfermizos, ni nada por el estilo. Mis abuelos fallecieron hace algún tiempo, pero la verdad mi relación con ellos nunca fue muy cercana. Considero que lo que vivimos con mi mamá ha sido mi único encuentro fuerte con ambas, hasta ahora. Obviamente, el sufrimiento es un dato siempre a la mano, es más que evidente que está allí, pero la experiencia de pasar a través de él con alguien querido le da otra dimensión al asunto. Ni que decir de transitar estos caminos con  la mirada que da la fe en un Dios personal y bueno, que tiene un Plan para nosotros cuyo motor es el amor, y que busca nuestro bien aún en las situaciones más dolorosas. Eso es, definitivamente, luz que alumbra lo que a veces no se alcanza a comprender.

La verdad era que si nos “retrasaba” en la vida. Cuidarla suponía posponer algunas cosas. Pero viéndolo ahora era un retraso necesario. Como una de esas pausas requeridas para proyectarse mejor. Para mí es una de esas cosas que no se aprenden estudiando, sino que se van entendiendo con el corazón: con dolor al principio, y con mucho fruto al final.

Por eso, y a riesgo de simplificar mucho, me gustaría poner por escrito y compartir algunas de las enseñanzas que significaron para mí el tiempo de la enfermedad de mi mamá y su posterior tránsito a la casa del Padre, como decimos los cristianos. Espero que les sirva a quienes pasen por algo similar. A mí me servirá para recordar, aunque lo que se graba en el corazón rara vez se olvida. Creo que el método de Dios es, ciertamente, la mejor pedagogía.

Dios nos permite cargar algo de nuestra propia cruz

Comprendí que Dios comparte un poco del dolor que ha decidido cargar sobre sí con los que quiere. El dolor, la enfermedad y la muerte son consecuencia de nuestros pecados, y éstos han sido asumidos por Jesús en la cruz. Han sido redimidos, decimos los creyentes. Es decir, no tienen la fuerza que deberían tener, o por lo menos no recaen sobre nosotros con la fuerza real con que deberían hacerlo. De eso se trata esto de la redención de Cristo: el dolor y la muerte no son definitivos, son despojados de su veneno y se convierten más bien en camino de salvación. Lo que nos toca a nosotros de estas realidades en nuestra vida cotidiana son solo reflejos del real alcance que el mal debería tener. Pero Dios, en su infinita sabiduría y misericordia, decide compartirnos algo de ese peso que Él ya ha decidido quitarnos. Nos permite ser sus cirineos en el camino: él apoya su cruz sobre nuestros hombros, no para descansar - Dios no se cansa, eso sería un contrasentido-  sino para que nosotros carguemos algo de lo que nos corresponde, de lo que nos corresponde a todos como humanidad caída. Es una forma de justicia que permite adelantar nuestro purgatorio y también el de quienes queremos. También de corresponder en algo el don tan grande de la redención que nos es donado. Todo esto en un dialogo hermoso entre Dios que viene a buscar a su hija amada y su amada que empieza a comprender quien es el que ha venido a buscarla y de que se trata el don que le ofrece a través del sufrimiento. A mi mamá le debo la purificación real de muchos de mis pecados y una mirada muy sobrenatural de este tema.

El don de devolver lo recibido

Cuán importante y gratificante es poder devolver en vida un poquito de lo que hemos recibido. Mi mamá me cuido cuando niño y yo pude devolverle sus cuidados en su enfermedad. Hay recuerdos hermosísimos de servicio y de amor que me quedo atesorados dentro. Y esto es una gracia, no todos pueden devolver. Pasa lo mismo con la calidad de tiempo que pude pasar durante su larga enfermedad: todo tiene una perspectiva diferente. Eso es un don también. En los últimos años tuve oportunidad de dialogar mucho con ella, de conocerla en muchos aspectos que los hijos simplemente ignoramos.

El cielo es un lugar cercano

Siempre he sido alguien pragmático, más bien lento para lo espiritual. A mí la vida cristiana me funciona aquí y ahora, ergo soy cristiano. El cielo ha sido para mí una idea aceptada por fe, algo que no es importante ahora sino en el futuro, como una verdad que acepto como corolario de ser cristiano. Emotivamente nunca he estado ligado a este concepto, nunca ha sido algo anhelado. A mis treinta años, joven pienso yo, Dios quiso que el cielo se vuelva para mí como un hogar al cual volver. En ese cielo lejano palpita hoy un corazón familiar para mí, hay un rostro que quiero volver a besar, un abrazo que quiero recibir nuevamente. Se que hay un jarro de colada -quaker crudo, diría ella- servido para mí en ese  banquete eterno del que se nos habla en el evangelio. Esto hace que la vida adquiera un matiz totalmente distinto. Dios ha querido elevar mi mirada dirigiendo mi corazón hacia donde está Él mismo. Con esa mirada empiezo hoy mi familia, no solo con el norte que la inteligencia del misterio pueda darme, sino con toda la fuerza que puede aportar el corazón.

El dolor cotidiano tiene una nueva referencia

Palpar el dolor de mi mamá, y percibir su nobleza al soportarlo, es más, ver su generosidad al hacernos llevadero a nosotros su dolor me da una nueva referencia para el sufrimiento cotidiano que enfrento. Incluso la muerte puede tener frutos excelentes, de más está decir que los sufrimientos cotidianos también. Es un nuevo parámetro para la vida.

El amor de padres y la gratuidad

Es real que cuando un ser querido fallece queda un vacío que no puede ser llenado. Este vacío bien asumido puede mostrarnos, a través de la nostalgia en mi caso, la forma que tiene nuestro propio corazón. Me explico: dejamos de recibir un tipo de amor y lo extrañamos; con el tiempo empezamos a categorizar como es ese amor y porque nos hace falta. En mi caso, fue el amor gratuito que he recibido de mis padres, ese amor sin condiciones de quien te quiere porque sí, sin importar lo bueno o malo que hagas. Es un amor que no necesitas ganar, que no necesita de tu esfuerzo. Ese es uno de los rostros de Dios que he podido descubrir en este tiempo, y los padres son un reflejo especial de eso. Para ninguna mamá su hijo es feo, tonto o malo, por decirlo de alguna forma. Somos lo mejor que les ha pasado y eso no lo podemos cambiar ni siquiera nosotros. Y esto no es arbitrario, en los padres hay un poco de ese amor que Dios mismo nos tiene. Ellos valoran lo bueno que hay en nosotros por sobre lo malo tal como lo hace Dios. Cuando comprendemos esto, empezamos nosotros también a mirar un poco así.

En el libro de Job (5,18) encontré una cita que expresa un poco mi experiencia: «El Señor hiere, pero venda la herida; golpea, pero sana con sus manos». Creo que la experiencia de saberse acompañado por Dios en estos asuntos tan dolorosos al corazón y complejos para la razón es una clave que permite comprender la profundidad de lo que se está gestando.

Realmente el mal ha sido redimido hasta sus raíces más profundas y la muerte, pues ha sido vencida por el Dios de la Vida. No tienen una sola palabra definitiva. Son verdades que espero que cuando alguno de ustedes recorra estos senderos, y tengan la certeza que todos lo recorrerán alguna vez, nuestro Señor les conceda mucha apertura para asumir en lo profundo de sus corazones.


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