viernes, 4 de noviembre de 2016

¿Por qué escribo?

El otro día alguien me hizo esta pregunta y me obligó a recordar por qué lo hago. Me alegró la respuesta que me pude dar: porque estoy agradecido. Y como todo aquel que sabe que en la vida será siempre más deudor que acreedor, pues, toca devolver lo que se pueda. Aunque sea poco.

Yo soy cristiano desde hace mucho, pero no siempre lo fui. Cuando conocí a Dios ya estaba saliendo de mi adolescencia. Una de las cosas que recuerdo de aquella época es la primera vez que recé Laudes.

Para el que desconozca el término Laudes es el nombre de una de las oraciones que rezan los fieles católicos en el rito de la Liturgia de las Horas. El día se divide en varios momentos y cada uno de ellos implica una oración. Para los religiosos el rezo de la liturgia de las horas es obligatorio dado su estado; para los que no lo somos es opcional acogernos a la “hora” que podamos. Cuando me explicaron que era una tradición que se venía llevando desde el siglo VI de manera ininterrumpida, a través de una evolución en distintas formas claro está, por monjes, sacerdotes, y por la Iglesia en general, pues, era algo que debía aprender. Quien me conoce sabe que todo aquello que tiene más de cinco siglos de antigüedad me fascina; lo que tenga menos de eso es una novedad que aún debe mostrar su valor.

Con ese preámbulo compré mi librito y me senté a rezar como me habían enseñado. En frente de la eucaristía, como me habían enseñado también. La oración no es muy compleja: tres salmos, una cita bíblica y unas peticiones. Era un día jueves, de la primera semana. Y recuerdo la cita bíblica que leí, una de Isaías, se las transcribo:

«Así dice el Señor: "El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies: ¿Qué templo podréis construirme?; ¿o qué lugar para mi descanso? Todo esto lo hicieron mis manos, todo es mío –oráculo del Señor.»

Ahí terminaba la página. Y ahí me detuve. Yo no creía mucho en Dios en esa época, tenía más bien una leve curiosidad. Pero me conmoví al pensar lo grande que debería ser, si es que realmente existiese, como para que la tierra sea tan solo un lugar para descansar sus pies. Si todo era de Él realmente, la iglesia en la que estaba rezando era un granito de arena. Miré la eucaristía y pensé que si ese era realmente Dios, ese Dios que se sienta en el cielo y cuyas manos me habían hecho, pues yo era muy pequeño. Y Él tan grande que no alcanzaba a imaginármelo. Si existiese claro.

Terminé mi pausa y di vuelta a la página. La cita no había terminado. Les transcribo el versículo que seguía:

«En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.»

Por eso escribo. Porque en mi vida he visto cumplida esa promesa. Dios ha puesto sus ojos sobre mí tan solo por estremecerme ante sus palabras. Aún sin conocerlo bien. Lo de humilde y abatido no creo que me salga bien nunca, pero lo de estremecido sí. Yo no lo he buscado, nunca ha sido iniciativa mía. Él me ha mantenido cerca y me dado todo lo que tengo. Esto lo he ido entendiendo con el paso de los años. Un poco ese día en el que sentí que esas palabras me eran dirigidas. Más en el transcurso de la vida donde mi deuda ha aumentado, si es que eso es posible.

Escribo por eso y por algo más. Hay unas cuantas personas que me quieren mucho y para quienes no voy a estar toda la vida. Llegará el día en que me buscarán con nuevos ojos, con ojos nostálgicos, y no podrán encontrarme. Es bien sabido que la nostalgia nos vuelve receptivos, y el tiempo más sabios. En ese día estarán mucho más dispuestos a escucharme de lo que estuvieron cuando aún podían hacerlo. Estas letras que escribo son para ese día: para tener algo para decirles cuando quieran escucharme y puedan conocer quién soy cuando me busquen. En lo que he escrito podemos acortar distancias.

Si ya estamos en esa época, pues bienvenidos. Yo también he extrañado conversar con ustedes. Si no estamos en esa época aún, no se disgusten. Tómenlo como una más de las excentricidades de su padre.


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