viernes, 14 de diciembre de 2012

Otro cuento de Adviento

María dijo entonces: «He aquí la Sierva del Señor, hágase en mi según lo que has dicho». Y el ángel dejándola se fue.
Volando. Me imagino.
Así empieza esta historia. Después de anunciar la venida del Mesías, el ángel Gabriel se aleja dejando a María. En su casa, a solas, con el misterio que empezaba a crecer en su interior. Había escuchado tantas cosas, y éstas empezaban a asentarse al ritmo que su corazón se desaceleraba.
El Mesías. El Salvador. El rey de Israel. Pero no cualquier rey. Dios con nosotros. Dios con ella. En su casa, que no debió ser un lugar espléndido. En su vientre, cuando había acordado mantenerse virgen luego de casarse. ¿Y José? ¿Cómo explicarle? Tocaría cambiar los planes. El tiempo no estaba tan lejos, Dios estaba más cerca de lo que se pensaba. Dios empezaba a latir dentro de ella. Y ella era la primera en escucharlo.
Había ocurrido en su hogar de Nazaret el primer encuentro entre Dios y los hombres. Asi de cerca. Como decía San Agustín, la voz es el vehículo de la palabra. El ángel trajo el anuncio, fue la voz que trajo la Palabra. Pero al desvanecerse la voz, al irse el ángel, la Palabra quedó. ¿Dónde? En el vientre de María. Creciendo. Pronto saldría a buscar lo que estaba perdido.
¿Cómo prepararse para recibir tamaño misterio que al tiempo estaría en sus brazos? Tenía solo nueve meses.
Imagino a María asistiendo a la sinagoga durante su periodo de gestación escuchando con suma reverencia la lectura de las profecías que hablaban sobre su Hijo. Todo el Antiguo Testamento, por vez primera, era comprendido por un corazón humano. Poco a poco. Un nuevo misterio cada vez. Toda palabra resonaba en ella de manera distinta. Nadie comprendía como ella. Pocos lo sabían, pero Dios estaba más cerca de lo que pensaban.
La alegría de compartir la noticia más grande. Llegó con la mejor bendición de todas a visitar a la anciana Isabel, que esperaba un hijo al igual que ella. «Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» alcanzó a intuir la anciana. Y María pronuncia su magníficat que nos permite ver lo que en su corazón había, la hondura con que el misterio estaba calando en ella.
Ya de regreso. Las largas conversaciones con José en las que el misterio se iba haciendo compartido. José, de la casa de David, iba encontrando su lugar también. Difícil decisión debió ser la de partir con su mujer embarazada hacía Belén, pero conociendo poco a poco las profecías, era el camino a tomar. En Belén de Judá, pues, debería nacer este Señor, así que allá tenían que ir. No era casual la convocatoria al censo que el imperio romano había hecho.
¿Y los momentos a solas? Como toda madre, debió hablar con su hijo en el vientre. Lo más probable es que José también. ¿Qué padres no lo hacen? Pero, ¿de qué hablarle? Poco a poco debieron ir comprendiendo que quien crecía en su hogar no era otro que el Dios del Universo, el Creador, el Pastor de Israel. Debió ser como rezar. En sentido estricto, pues eso es.
Y finalmente, el niño en sus brazos. El misterio que descubre su lado hermoso. La verdad que se vuelve hermosura plena. La sonrisa de Dios que recibía a los sabios de oriente y a los pastores aquella noche en un portal de Belén. Después de toda la algarabía, cuando todos habían partido, solo quedaron ella, José y el Niño.

Conmovidos porque Dios no se había olvidado de ellos. No se había olvidado de nadie.

1 comentario:

  1. Las fotos que he puesto en esta entrada son de la Basílica de la Anunciación ubicada en Nazaret, según la tradición, sobre la antigua casa de María. Cuentan que en la gruta existe una inscripción que reza: "Aqui el Verbo se hizo carne". Y en realidad fue así. Esperemos algún día poder comprobarlo.

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