Creo que varias
personas tendrían muchísimas críticas al cristianismo, aunque creo que en la
mayoría de los casos se referirían a la forma en que los cristianos lo vivimos.
Pero más allá de su aplicación práctica considero que hay un par de cosas que hacen
que el cristianismo, y me refiero al mensaje de los evangelios, sea difícil de
captar en nuestra cultura actual, y por ende para nosotros mismos aunque nos
digamos cristianos.
Me ha pasado estos días
que he tenido un poco más de tiempo para rezar de lo que habitualmente tengo, y
he tratado de no desaprovecharlo. En estas semanas el calendario litúrgico, la
lectura de los evangelios propiamente, ha ido haciendo la secuencia posterior
al sermón de la montaña. En Mateo todo lo que sigue a las bienaventuranzas se
presenta como un solo discurso así que me he sentado en las faldas del monte con
los demás discípulos a escuchar, con un poco más de atención, la interpretación
de la ley de Moisés que este Maestro hace. Así, sentado. Como lo he hecho
antes.
Y me ha sorprendido
gratamente lo que he podido reflexionar. «Habéis
oído que se dijo a sus antepasados… pero yo os digo…», dice Jesús, aclarando
la ley como quien es su dueño. En cada interpretación nos recuerda que el
camino que hemos de seguir no se queda en el cumplimiento frío de normas, sino
que implica un compromiso interior. «Quien
se irrite con su hermano, será condenado», «el que mire a una mujer deseándola,
ya cometió adulterio en su corazón», «amen a sus enemigos y oren por sus perseguidores»,
son tres explicaciones a la ley mosaica que apuntan hasta lo íntimo del corazón:
«No matarás», «no cometerás adulterio» y «amarás
a tu prójimo», respectivamente.
Y me encontré
también en estos días con una joya como lo es la interpretación que Jesús de
Nazaret hace a la ley del Talión: «Ustedes han oído que se dijo: Ojo
por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que
les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla
derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte
la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con
él.» Creo que éste es uno de las cosas más duras de poner en práctica
porque, seamos sinceros, nuestra cultura no es precisamente la de la
mansedumbre. Es, más bien, una cultura competitiva donde no estamos
acostumbrados a devolver el mal con bien. Pero ahí está la clave de la
enseñanza de este Maestro: en el corazón del cristiano el bien debe vencer, el
mal no debe prevalecer. De eso depende la salvación personal y la trasformación
del mundo que los cristianos buscamos. Si esto no ocurre en el corazón, todo lo
demás es vanidad.
Así es este mensaje:
fuerte, claro y sencillo. Sin dobleces o ambigüedades. Y digo sencillo, no
porque sea fácil, sino porque no es complicado. Y por ahí va una de las
críticas que tengo: es un mensaje sencillo, y nos gustaría algo más complejo.
Que tenga fórmulas y tips. Que tenga alguna certificación internacional. Que
nos garantice en diez pasos su eficacia o que esté acorde a nuestra estatura.
La otra crítica que
tengo es que para nosotros el evangelio es muy familiar: lo vemos en todas
partes. Nuestra cultura es cristiana, y como tal asumimos que todo lo cristiano es
noticia vieja, anticuado me atrevería a decir, y que si alguna vez tuvo algo
que decir, pues ya lo dijo. Nos gustaría que contuviera un mensaje venido de
tierras lejanas, y que Jesús fuese algún sabio ignoto envuelto en ropajes
mágicos que nos revelará nuevas y misteriosas verdades. Los occidentales nos
hemos vuelto críticos de nuestros tesoros y ávidos de primicias por el simple afán de novedad.
Y no. Mi experiencia
ha sido encontrarme con el mismo Señor Jesús. El que conocí en esa misma montaña
a la que hoy he vuelto. Aquel Maestro que me devuelve la esperanza al
recordarme que al mal se lo debe vencer a fuerza de bien.
Así de fácil, así de
ordinario. Y afortunadamente: así de irresistible para quien ha aprendido a
escuchar al buen Dios cuando habla al corazón.

Devolver mal por bien no es nada sencillo. A pesar de que la gracia de Dios nos asista en este desafío, la experiencia humana es que no siempre podemos practicar ese intercambio mal por bien, pero así mismo la experiencia del hombre de que la misericordia de Dios nos sobrepase nos llena de esperanza.
ResponderEliminarCoincido en qun no es fácil... y es real que es una de las enseñanzas que nos gustaría cambar en los evangelios... pero ese cambio de paradigma es lo que Jesús vino a enseñarnos justamente...
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